Hermano enojado
Todo en orden, ningún centavo malgastado como tampoco su apariencia. La disciplina no era una opción, era su estilo de vida.
Sus notas en la vida eran todas sobresalientes, cualquiera sentiría orgullo por él. Ser mayor tenía su responsabilidad y el la llevaba a cabo con alteza. Trabajaba el doble, se esforzaba por cumplir al pie de la letra las órdenes de su familia. Pero llegó ese día. El día en que no quiso entrar. Prefirió desobedecer a su padre y no disfrutar de la fiesta. Sí, la fiesta. El reproche le ganó a la piedad, la religiosidad se olvidó de la espiritualidad. El hermano mayor del hijo pródigo no malgastó sus bienes pero sí descuidó su corazón al punto de enojarse con su padre, aquel que le dio todo lo que tenía, y que nada le negó. ¿Será que muchos de los que están ahí afuera, sin alimento espiritual, suponen que hay muchos hijos mayores dispuestos a juzgarlos y despreciarlos por irse lejos del Padre? El síndrome del hermano enojado nos puede alejar de la realidad. La realidad de la que nadie escapa, y es que todos pecamos. Todos necesitamos de la misma gracia. Los que se fueron y los que permanecen en la iglesia. La próxima vez que las melodías de la sinfonía que suenan en la fiesta que el Padre organizó porque: este tu hermano que estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y ha regresado, nos inviten a disfrutar del gozo por su regreso al cuerpo de Cristo, no nos resistamos, al fin y al cabo Él vino a buscar lo que se había perdido.Escrito por: Pachi Czyz

















