EL VALOR DE LA PALABRA

No debemos dejar entre renglones, nuestros mecanismos de defensa.

La persona adiestrada en la agresión, será agresora con los demás; la persona que se ve menospreciada en su autoestima, buscará en cualquier oportunidad que se le presente, disminuir al otro, proyectando así, sus frustraciones.
Es cierto… el mundo no es lo que creíamos; también tiene su lado desagradable y nefasto.
En él podemos encontrar males naturales, que por pavorosos que sean, destruyen ciudades enteras y aún así, no se comparan para nada con la destrucción de espíritu que puede generar el uso cruel de la palabra.
Los peores males no son beneficio de la naturaleza; son frutos de la maldad que habita en el corazón del hombre.
Por siglos, los grandes filósofos, psicólogos, sociólogos y teólogos no cesaron de buscar algún fundamento al misterio del mal albergado en el mundo y en el interior del hombre.
Volvamos a lo antes afirmado. El origen del mal está en nosotros.
Fuimos descuidando la formación de la conciencia.
No advertimos nuestra voluntad débil que no resiste sus propias falencias, nuestras programaciones negativas, y por qué no, nuestros miedos más ocultos, nuestra pereza, que nos ubica en actitudes cómodas y preferimos optar por no contradecir a la masa, ser uno más, porque remar contra la corriente nos representa desmedida energía.
Fuimos permitiendo paulatinamente que un montaje despiadado y pensado para desarmarnos o desintegrarnos, nos invadiera el interior y nos convencimos de que, si nos mantenemos firmes a nuestras convicciones seremos los “tontitos” y que, para ser los “vivos” debemos estar al corriente de las nuevas tendencias aunque ellas atenten contra nuestra propia dignidad.
Espacios importantes e ineludibles se nos regalan para desplegar pensamientos en voz alta y finalmente somos conscientes de que… ¡tengo la palabra! pero… ¿qué palabra?
Por la palabra alabamos y resaltamos virtudes del otro; pero también hundimos la imagen de la otra persona y hacemos daño a su prestigio.
Por la palabra gritamos y denunciamos verdades, pero también mentimos, traicionamos y engañamos.
Por la palabra generamos confianza en nosotros y en los demás; o estimulamos desconfianza cuando nos descubren en alguna quimera o artificio, o podemos ser nosotros, los que aprendemos a dudar.
Bien se dice que “somos dueños de lo que callamos y esclavos de lo que decimos”.

Lucía Estela Sigrist

La Senda

José Antonio Czyz

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