DOMINARÁS TU LENGUA
El apóstol Santiago dedica un párrafo suficientemente importante al...
uso de la lengua como el instrumento de la palabra, nos indica que es lo más difícil de vigilar y de controlar tanto para bien como para mal.
Cuando estamos jubilosos y nos apreciamos felices, es la palabra de alegría la que se grita a los cuatro vientos, sólo que en este caso, no hacemos daño alguno.
Si queremos que el mundo sea mejor, debemos comenzar por nosotros.
Todo análisis de la sociedad actual, implica analizarnos a nosotros mismos.
Toda mejora de la sociedad, requiere una mejora en nosotros primero.
Acaso ¿podemos reparar el daño que hemos causado?
A veces sí, otras… no.
Pero ¿cómo enmendar el perjuicio ocasionado por palabras dichas en un momento de ofuscación y sin pensar adecuadamente?
¿Cómo cerrar una herida producida en el alma del otro, cuando no existen medicamentos cicatrizantes para esa situación?
Precisamos saber interrumpirnos, conocer nuestras propias señales de ¡PARE, NO AVANCE! O mejor dicho: ¡CALLA AHORA! ¡MIDE BIEN LO QUE VAS A DECIR!!!
Algunas cosas deben ser dichas y hasta en forma de gritos, pero otras deben ser calladas si van a herir, si van a dejar al otro en un estado de vulnerabilidad inmutable que destrozará su alma más que lo haría la propia bomba atómica.
Por eso el Apóstol Santiago decía que quien domina su lengua, tiene el poder de dominar toda su persona.
¿Quién puede dominarse a sí mismo con tanta potencia?
Sólo aquel que sabe ser humilde y manso, que se aleja de la soberbia y desecha el pedestal.
No se trata entonces, de reparar el mal; se debe procurar no causarlo.
¿Por qué se desconfía de nuestra palabra? ¿Por qué no creemos en la palabra de los otros? ¿Qué fue lo que hizo perder valor a la palabra?
Básicamente, la falta de coherencia o de concordancia entre lo que decimos y lo que hacemos, entre la palabra que brota de nuestra boca y las decisiones que tomamos o las acciones que demostramos. Es la trágica respuesta a estos interrogantes.
Decimos una cosa, pero hacemos otra.
Denunciamos cosas que, a su vez nosotros practicamos.
Nos quejamos y criticamos de aquello mismos que nosotros ponemos en práctica cada día.
Vamos progresivamente, perdiendo credibilidad y no sólo frente a los otros, sino frente a nosotros mismos.
Por Lucía Estela Sigrist
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